Vía Simón Herrera
- ¡Suéltenme! ¿Quiénes son ustedes? ¡Esto es un secuestro! – Carlos Julio Rojas volteó a ver a su esposa mientras forcejeaba con tres funcionarios del Sebin.
- Cállate y coopera – fue lo único que llegó a responder uno de los encapuchados mientras lo metían a la fuerza en la camioneta.
Era la noche del 15 de abril. Carlos Julio y su esposa caminaban por la esquina de Alcabala, en plena parroquia La Candelaria. Iban rumbo al centro comercial Sambil, a comprar algunos repuestos que necesitaban para unas reparaciones.
Ese día en la mañana estaba en Los Teques, visitando a la familia de su esposa. “Carlos, creo que hoy deberíamos quedarnos aquí. La cosa está como tensa en la calle y tú hiciste la quema de Judas en estos días”. Francy presentía algo, aunque ya para ellos ese presentimiento era prácticamente su día a día.
En una milésima de segundo, Carlos recordó esa sugerencia. Pero su verdadera preocupación en ese momento era la integridad de ella. Mientras lo arrastraban hacia la camioneta, él trataba de verla, pero el otro funcionario se quedó atravesado entre ambos y no los dejó hacer un último contacto visual.
El golpe de la puerta cerrándose se confundió con el primer puñetazo que recibió el periodista en la cabeza. Dos golpes más y una afirmación obvia, pero que sonaba a regaño: “tú eres Carlos Julio Rojas, ¡tú eres Carlos Julio Rojas! Vas preso ahora”.
Carlos resistió el dolor. Tres golpes más y el último puñetazo vino a la altura de la sien. Vio sus lentes caer en cámara lenta luego de romperse una de sus patas.
De La Candelaria al Helicoide
Carlos Julio no podía ver con claridad qué dirección tomaba el vehículo, pero en el camino se le cruzaban por la cabeza cada una de las cuatro anteriores detenciones que ya había vivido. Volvía a pensar que tal vez se hubiese quedado en Los Teques, pero a decir verdad si ya estaba fichado, ya estaba fichado.
Y en efecto al llegar al Helicoide entendió que su destino estaba fichado hace días. “Ahí está el jefe”, señaló uno de los encapuchados. No era el jefe del Sebin. No era el director del Helicoide. Era un funcionario de más arriba, con una actitud prepotente y mirada hostil. “Coño, esto es grave”, llegó a decir entre dientes el periodista.
- Miren al conspirador, preso al fin – fue la frase de bienvenida del jefe apenas tuvo a Rojas de frente.
- ¿Ustedes tienen orden de captura? Si no, esto es un secuestro. Quiero a mi abogado privado y también quiero un defensor del pueblo – Carlos estaba aterrado, pero respondió con temple ante el funcionario ataviado de negro.
- ¡Eres un pajuo, escuálido de mierda! ¡Todos ustedes basuras, siempre con la misma mierda! ¡Esto te pasa por apoyar a María Corina! ¡Te vas a pudrir en la cárcel! – Cada frase aumentaba la hostilidad hacia el detenido.
Carlos no se doblegó, pero estaba profundamente preocupado. No se sentía como las veces anteriores. De ahí lo llevaron a una oficina arriba, la dirección de investigaciones.
Era un espacio pequeño, de no más de 10 metros cuadrados. Dos escritorios de los años 90. Muchos papeles, carpetas y sobres, sin ningún orden aparente y un denso olor a cigarro, ese que se añeja en los muebles después de años de funcionarios fumando.
El director de investigaciones mandó a salir a todo el mundo. Solo quedaría un custodio vigilándolo todos los días. Lo cuestionó apenas entró: “¿vas a colaborar Carlos Julio?”.
Con ‘colaborar’ se refería a grabar un video con un guion prestablecido. Estos guiones iban desde “me han tratado bien y han respetado mis derechos humanos”, hasta “soy culpable de todo lo que me señalan y colaboré con fulano y mengano”.
- Yo no voy a grabar ningún video. Esto es una detención política. Quiero a mi defensa privada aquí y a un defensor del pueblo – Trató de ocultar la incomodidad de las esposas bien apretadas, mientras insistía en sus derechos.
Esa fue la primera fase del calvario: esposado las 24 horas con un pulpo ajustado al máximo. Durmiendo en una colchoneta de 5 centímetros, a ras de piso. Y dos días después llegaría la introducción al verdadero viacrucis.
El 17 de abril fue trasladado al tribunal segundo de control con competencia en terrorismo, en el centro de Caracas. Escoltado como si se tratara de Pablo Escobar, ese día Carlos entró para escuchar su acusación. Le dijeron que le iban a permitir su defensa, pero solo estaba ahí un defensor público y a sus abogados nunca se les permitió llegar.
Apenas unos minutos antes, Carlos Julio seguía preguntándose si toda esa parafernalia era porque había quemado a Nicolás Maduro y a Manuel Rosales durante la típica celebración de quema de Judas en semana santa.
- Asociación e instigación para delinquir, terrorismo, conspiración y magnicidio en grado de tentativa.
El mundo se le vino abajo, ya entendía por qué lo recibió ese “jefe” y por qué lo tenían así de resguardado. Como acostumbra el periodista y defensor de derechos humanos, no se quedó callado. Mucho menos considerando la inacción del defensor público que estaba a su lado.
- Ustedes no tienen ninguna prueba de lo que me acusan, todo lo que están diciendo es falso. No conozco a ninguno de los supuestos testigos que ustedes dicen que me señalan. El 25 de marzo yo estaba en mi casa viendo por televisión la inscripción de Maduro ante el CNE. Soy un periodista y defensor de derechos humanos, ¡eso no es un delito!
Unas horas después el preso político volvía a la oficina de investigaciones del Helicoide. Ocho días después finalmente fue trasladado a la celda máxima. “Me engañaste”, le exclamó Rojas al director de investigaciones, mientras salía a su nuevo lugar de reclusión.
- Tú sabes que yo no soy el que manda aquí, pero fuiste todo un varón Carlos Julio – el comisario le extendió la mano – Ahora vas a estar mejor – remató a la par que le daba par de palmadas en el hombro.
Carlos bajó la cabeza para evitar ponerle mala cara. Sabía que querían tratarlo como amigo solo para doblegarlo después.
Celda máxima. Luz mínima
Era un espacio un poco más grande, cabían 15 literas puestas una al lado de la otra. Del otro lado, al fondo, había una pequeña cocina. En esa misma esquina, una ventana mínima de quince centímetros por sesenta. Solo que del otro lado había un tanque de agua inmenso. Así que lo entraba por ese vidrio era apenas un hilo de luz.
A partir de ese momento empezó el tira-y-encoge que no tenía otra finalidad sino subyugar a los presos. Por supuesto, él ya sabía que las presiones, amenazas, concesión y limitación de derechos son el día a día. Sonrisas y luego gritos, todo estaba dirigido a reducir el espíritu de los detenidos.
Una semana recibían visita, a la siguiente no. Una semana tenían paquetería, a la siguiente no. En ninguna de esas ocasiones Carlos Julio se quedaba callado. “Tienen que respetar nuestros derechos humanos”, era la exigencia más común de él y otros presos. “No digas esa palabra, no digas esa palabra”, era la repuesta que recibía a modo de amenaza.
- A ti te vamos a llevar al tigrito a punta de derechos humanos - replicaban los custodios ante sus reclamos.
El tigrito era una celda de aislamiento de condiciones infrahumanas y “derechos humanos” era un bate que guardaban los funcionarios para “ocasiones especiales”.
Entre sapos y ratas
“Coño Carlos Julio, quédate quieto vale. Nos vas a meter en más problemas”. El 4 de enero de 2025 hubo una intensa requisa dentro del centro de detención. Les quitaron a todos sus objetos personales, lo poco que les permitían tener dentro de la celda.
A Carlos le quitaron un pequeño radio y sus libros. Entre ellos uno de Juego de Tronos, que atesoraba entre el resto porque se lo había mandado su hermana desde Argentina.
“¿Y entonces nos vamos a calar esto?”, Carlos estaba notablemente molesto y emplazó a sus compañeros. Para estas alturas la celda estaba dividida. La mitad apoyaba a Carlos en su lucha por los derechos de todos. La otra mitad quería “llevar la fiesta en paz”.
La noticia de la requisa llegó hasta las redes sociales, donde un solo post en X se viralizó rápidamente. “Si Chávez pudo leer en Yare, ¿por qué mi esposo no puede ahora?”, cuestionó Francy Fernández ante los medios.
El bullicio funcionó. Días después llegó un funcionario con una caja de libros. Pero el malestar ya tenía rato fermentándose dentro de la celda, porque algunos querían que Carlos guardara silencio y dejara de “quejarse”.
En mayo de ese año, el periodista volvió a cuestionar lo que ocurría dentro de la celda. Un comisario vivía prácticamente con ellos. Entraba, dos de los presos le cocinaban el almuerzo y se sentaba a comer con ellos. Víctimas y verdugo al son del mismo bocado.
Rojas no toleraba la situación y les increpó sobre lo que para él era un absurdo. El comisario le respondió con displicencia: “¿qué pasó, no somos amigos Carlos?”. A lo que él respondió con firmeza: “Tú y yo podemos tener una relación cordial. Te puedo saludar con un apretón de manos. Pero tú no eres mi amigo, no estamos aquí para jueguitos. Tú maltratas a mi esposa cada vez que viene para acá”.
Rápidamente los presos-chef-políticos saltaron detrás del funcionario.
- Tú eres un tipo problemático Carlos Julio. Si yo le quiero dar comida se la doy. Esto nos puede traer beneficios. Somos 14 contra 1, estás solo aquí.
Carlos sabía que eso era mentira, pero hasta el momento nadie más alzaba la voz. “¡Ustedes son unos sumisos jalabolas!”, les señaló directamente. Los otros dos se abalanzaron contra él, uno de ellos le tumbó su litera con todas sus pertenencias y el otro iba directo a golpearlo. El periodista vio a la cámara de la esquina y levantó los brazos.
Rápidamente entró otro custodio para ver qué pasaba. “Nada señor oficial, nos tropezamos aquí con unas cosas, pero ya estamos recogiendo todo”. Esa misma tarde esta información llegó de inmediato a las redes sociales, con el nombre y apellido del comisario que propició la agresión contra Carlos.
La familia y organizaciones de derechos humanos exigieron una fe de vida de Carlos. El ruido hizo ebullición y el mismo director del Helicoide tuvo que interrumpir su viernes en la noche para tratar de apagar el fuego. Este nuevo director fue el que recibió a Carlos Julio unos meses atrás en la oficina de investigaciones, el que lo consideró “todo un varón”.
- Coño Carlos, las redes están encendidas – el tufo a licor rodeó al preso mientras se miraban directo a los ojos - ¿Cómo coño se supo eso que pasó aquí?, manda a tumbar ya mismo ese tuit.
El director levantó la mano y amenazó tres veces con golpear a Rojas. “Yo soy un periodista, soy defensor de derechos humanos, preso de conciencia declarado por Amnistía Internacional, no debes pegarme”, le repitió varias veces al funcionario. El último amague de golpe fue a dar a la pared.
Esta vez ya no hubo más amenazas, mandaron a Carlos al infame tigrito. Una celda de aislamiento de dos por dos. Piso de tierra. Una tablón para dormir y un desagüe abierto en la esquina por donde las ratas tenían vía libre para entrar y salir.
La pastosa oscuridad
Quince días pasó el periodista en este confinamiento, al menos la primera vez que le tocó compartir alojamiento con las ratas. Dormir en una tabla es peor que dormir en el piso, solo bastaron dos semanas para que Rojas lo comprobara.
Como pudo se las ingenió para tapar el hueco, al menos mientras no lo usaba como baño. “¿Te la das de arrechito?, pues bájate los pantalones y caga ahí mismo, periodista”, balbuceó uno de los custodios unas horas después de estar encerrado ahí.
La presión afuera hizo mella. Unos días después el director abrió la puerta y mandó a Carlos Julio a bañarse. Él no entendía aún qué pasaba. Lo llevaron a un pasillo y lo pararon ahí, rodeado de hombres armados. Del otro lado del pasillo llegó otro contingente de escoltas. En el medio de ellos logró ver a su esposa.
Carlos sintió que sus rodillas temblaron, pero como siempre, mantuvo la compostura. Abrazó con todas sus fuerzas a Francy. “Aquí estoy princesa, entigrado”. Ella preguntó cómo se sentía, pero apenas tuvieron 3 minutos para hablar. Luego se la llevaron y pasó un mes más sin recibir visitas.
Terminado el tiempo de castigo en el tigrito, Rojas volvió a su celda. A la misma donde intentaron agredirlo. Todo se mantuvo en una tensa calma las siguientes semanas.
Unos meses después, Carlos volvió a ser encerrado en otro tigrito. Aunque esta vez no supo por qué. Pasó 40 días en este pequeño espacio, que estaba ubicado a 300 metros de la sala de visitas. Cada vez que pasaba alguien acompañado de un funcionario, solo escuchaba “no voltee para allá”.
El camino a una media libertad
Carlos ya tenía varias semanas en su celda. La dinámica había cambiado notoriamente desde noviembre de 2025. No era “un resort”, pero la marea se había calmado en cierto grado. Hasta que llegó el 3 de enero.
Había mucho movimiento. Los oficiales iban y venían. Carlos Julio tenía varios días enfermo y esa noche en particular estaba prendido en fiebre. El director se acercaba cada tanto a preguntar cómo estaba el periodista. Por supuesto, le preocupaba que, en una noche como esa, algo le pasara.
Los compañeros de celda lograron sintonizar Radio Francia, luego de escuchar las explosiones que recorrieron Caracas esa madrugada. A las 4 de la madrugada recibieron la misma noticia que dejó perplejos a todos los venezolanos: Nicolás Maduro había sido capturado y extraído por fuerzas élite de Estados Unidos.
El 8 de enero comenzaron a ser liberados presos políticos en todo el país. Francy no se sentía optimista, después de tantos problemas, pensaba que su esposo no saldría o sería liberado de último.
Pero le llegó su turno el 14 de enero, no sin antes recibir un último atisbo de crueldad: lo mandaron a servicio médico, pudo bañarse y en cuestión de minutos estaba nuevamente en una camioneta del Sebin rumbo a su casa.
Mientras eso ocurría, Francy estaba a las afueras del Helicoide, no esperando que lo liberaran sino porque el día anterior le habían negado la visita. La hicieron pasar a una habitación, mientras esperaban que Rojas saliera del recinto.
“¿Me pueden decir qué pasó con Carlos Julio? ¿Qué hizo ahora que no me dejan visitarlo esta vez?”. Un funcionario encapuchado le respondió tajantemente: “usted hoy no tiene visita aquí, porque la visita la va a recibir ahora en su casa”.
Francy reaccionó inmediatamente: se devolvió a su carro y arrancó hacia La Candelaria. Diez minutos después se reencontraron en un profundo abrazo. Carlos le pidió que fueran a la iglesia de La Candelaria, a agradecerle a la virgen y a José Gregorio Hernández.
A Carlos Julio Rojas se le negó la amnistía propuesta por el gobierno de Delcy Rodríguez. Aún permanece bajo régimen de presentación. En mayo de 2026 apenas pudo juramentar a su defensa privada.
El camino hacia la libertad plena será historia para otro capítulo. Mientras, le toca retomar una vida que le fue pausada y arrebatada por 21 meses.
—SHV—

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